La técnica bioclimática se enclava dentro de la visión sostenible de la arquitectura, junto a la bioconstrucción, la mejora de la eficiencia de los sistemas, la producción de energías renovables asociadas a la arquitectura y la integración social y cultural.
Dentro de este conjunto de estrategias, el diseño bioclimático es fundamental para la reducción de la demanda energética de los edificios, cuyo porcentaje dentro del consumo energético mundial asciende al 48%.
Por medio de la aplicación de la técnica bioclimática se logra una disminución efectiva de la demanda energética a través principalmente del diseño (forma, orientación, tipología, distribución…) y la elección de materiales (aislamiento, pasividad, reflexión…). Estos aspectos tienen la virtud de que no suponen repercusión económica para la construcción, siendo únicamente premisas a incorporar al resto de condicionantes del proyecto arquitectónico.
Respecto a la forma los puntos fundamentales de estudio son la geometría solar, el control de la temperatura del aire y el aprovechamiento o control de los vientos y las precipitaciones, por lo que se hará necesario un conocimiento amplio de la climatología en la que se ubica la edificación.
En condiciones de invierno, el diseño deberá promover la acumulación de energía por radiación solar y minimizar las pérdidas de calor a través de la envolvente del edificio. Por otro lado, en condiciones de verano, deberá prevenirse el sobrecalentamiento priorizando la orientación adecuada, la protección solar y la ventilación, así como la reducción de la sensación térmica de calor mediante la ventilación, la evotranspiración (reducción de la humedad) y el uso de la radiación de superficies frías. Es posible obtener enfriamiento así mismo a través de la inducción de aire por masas de agua (enfriamiento evaporativo), la radiación de materiales fríos aplicados en cubiertas húmedas y patios (enfriamiento radiante), conductos o construcciones enterradas (enfriamiento conductivo) o ventilación nocturna (enfriamiento convectivo).
Los materiales empleados en la construcción se adaptan en la técnica bioclimática para la obtención de la mínima huella ecológica (principalmente los de origen natural y no contaminantes), la exención de tóxicos y su fácil reciclaje ó reutilización. En este sentido, los materiales tradicionales suelen reunir las características deseadas.
En total, el ahorro energético producido por la implantación de medidas bioclimáticas puede llegar a ser de hasta un 80%, dependiendo del clima en el que se encuentre la edificación.
Respecto a las edificaciones existentes, sobre ellas es posible realizar así mismo una rehabilitación bioclimática. De las posibles actuaciones ante una construcción esta es sin duda la más sostenible, ya que puede ahorrarse hasta un 60% de la energía que se consumiría en la demolición y la ejecución de un nuevo edificio además de evitarse un gran número de impactos ambientales.
La rehabilitación bioclimática incidirá principalmente en la protección solar de los huecos existentes o en la habilitación de nuevos para promover la ventilación o la ganancia energética, así como en el refuerzo de aislamiento y masividad (creación de masa capaces de acumulación de energía en el interior del edificio) según las particularidades del edificio y el clima en el que se sitúe.
La arquitectura vernácula es en estos casos un referente de gran valor bioclimático. A lo largo de los siglos esta arquitectura ha ido incorporando estrategias para gestionar la relación entre el ser humano y el clima. Provee para ello de espacios exteriores privados (patios), zonas con sol, sombra y humedad que provocan flujos de aire frío/caliente que acondicionan las estancias sin ningún gasto energético. La rehabilitación bioclimática deberá por tanto estudiar el comportamiento energético del edificio para potenciar y preservar los sistemas bioclimáticos existentes de forma que la intervención sea lo más sostenible posible.